El Pichucho, el Cachorro y yo en 5 minutos.
6: 25 am. El calendario marca un día de miércoles. El pichucho está otra vez en mi ventana, visita permanente desde mi mudanza al nuevo dormitorio, pues ha hecho que mis amaneceres se vuelvan diferentes con una rutina a lo natural. Aquella ave se volvió un despertador tozudo, ubicándose en el centro de aquella ventana, que muy aparte, muestra un cuadro espectacular de este otro extremo de la ciudad, me refiero a la salida principal de Chachapoyas. Debo aceptar mi muy complicado entendimiento de raciocinio del 0.0%, sobre el afán de aquel pajarraco, de convertir en su picotazo cantado de 3 veces, el despertar de este servidor de masa oronda.
6:26 am. Alcanzo a mirarlo entre abrir y cerrar de ojos antes que alce vuelo. Posa justo frente a mí y con el desaire de no mirarme, quizá solo usa el vidrio de la ventana como un retrovisor para mirar el paisaje de tras de él. Algo que me lleva a pensar con mí razonar al 20%, que solo es algún pajarraco presumido, que le gusta mirarse y darse picotazos de amor propio, que al igual que su especie muestran su majestuosidad o formada silueta que Dios puso en el (flaco el desgraciado). Razonando ya en un 40% (un ojo cerrado y otro abierto) diré: A lo mejor es un mensaje de Dios que me quiere decir o hacer entrar en razón con la famosa frase “al que madruga Dios lo ayuda”, aunque automáticamente vuelvo en sí y digo, no creo sea el caso, en todo caso sería más tempranito y no, la hora que marca este resumen.
6: 27 am. Aquel pichucho, cumplió su cometido, generó un daño irreparable a mi sueño. Aunque parezca increíble, ya con un razonamiento del 60%, recuerdo en ese momento que tengo una huésped muy pequeña; es una bebe cachorro de raza schenauzer, que por seguridad y por ser menor de edad, no diré su nombre, pero sobre todo porque se trata de un cachorro en custodia por mi persona durante una semana. Para sorpresa o castigo propio, aquella mascota resultó ser muy inteligente ya que en una semana me demostró más orden y disciplina que yo en mi propio territorio. Tiene un perfil tranquilo, asolapado y con la apariencia de inteligente que sería un punto a favor, pero travieso como cualquier cachorro a su corta edad, que bien cae a pelo decir, del tranquilito hay que cuidarse. Digo esto porque su espacio a pesar de ser más cercano a la ventana, no le afecta para nada el bullicio de mis estruendos ronquidos y menos los picotazos de aquel pichucho que algunos días usa de complicidad las melodías del carro recolector de basura que realiza actividades a esa hora en mi ciudad, para conectarnos a la realidad del día.
6:28 am. Ya con un razonamiento al 80%, intento realizar mi única abdominal diaria que me sirve para levantarme y caminar los 6 pasos que me separan de la ducha, pues mi despertador incorporado en el celular ya quedo de lado, después de ese cambio obligatorio pero efectivo en mi despertar a punta de picotazos, efectividad al límite para malograr ese romance con mi cama de cada mañana, sumado a eso, el bullicio del carro recolector y al ladrido del minúsculo can, son el trio perfecto que se coludieron para poner fin a mis sueños profundos de una semana peculiar, que entran en su etapa de razonamiento a un 100%.
6:29 am. El cachorro se pone en mi camino, me ladra y mueve la silueta, me invita a jugar con el, se me pone en frente, si es que pretendo pasar de largo rumbo a la regadera, terco en intentar detenerme y dejarle mostrar su cariño y agradecimiento del día. Al lograr su cometido hace que el ánimo me cambie, me preste al cariño mutuo y sobre todo deje por un momento mis necesidades para atender sus necesidades, pero… y el pichucho? Se esfumo de la ventana y no vuelve más en lo que queda del día. Su función es despertar y pasar la posta al cachorro. Ambos juegan, ambos conviven y muestran su espíritu solidario con un aprendiz que capta con atención cada detalle, aún sabiendo que el proceso de razonamiento no está integro a la hora de despertar sino más bien como en mi caso, 100% después de 5 minutos.
Un aprendiz de 80 años
