MI NEGOCIO DE LOS MARCIANOS PARTE 1/2

Publicado en por PERCY ZUTA

Año ´86: veía con gran emoción instalar un enorme cajón en nuestra sala. Tal vez con el único afán de mejorar el ánimo por haber sufrido un robo de herramientas en mi casa. Era el descontento de que a pesar de la época supuestamente tranquila, del tiempo de escasez y de la mínima protección de mi casa, sustrajeron cosas elementales que ni con el tiempo se pudo recuperar, salvo volvernos a comprar de a pocos, ayudados con la apaciguada actitud de mi padre.

Aquel cajón se llamaba refrigeradora y aunque no entendía para que servía, para nosotros fue el reemplazante perfecto de la tina hecha de cemento que creo toda familia chachapoyana en los 80’s y 90’s tenía en su patio; servía para almacenar el agua, pero en nuestro caso, también le servía a mi madre para congelar las gelatinas que nos hacía de pequeños. Créanme que funcionaba.

Pegué mi estikerd de He-man en la puerta de aquel cajón novedoso, y desde ese momento comenzó a formar parte de la decoración de nuestra vacía sala de aquel año. A mi madre le sirvió para guardar sus verduras, a mi padre y hermanos su limonada y otras comidas, en mi caso quise ocuparlo con los marcianos de leche, durazno y mango, que mi madre preparaba para entrarle al negocio de también venderlos. Creo eso fue el verdadero fin de ese cajón que teníamos en casa.

Efectivamente, Yo a mi corta edad de 7 años, le entré a la venta de los marcianos, con un punto de venta en la famosa garita de control a las afueras de la ciudad, exactamente lo que es ahora, el almacén de maquinarias. Los marcianos, tenían un costo de 1,000 intis. Mis consumidores o clientes eran obligatoriamente los frecuentes visitantes a la piscina de la villa, administrada por la recordada señora Betty, pero también los viajeros que hacían su pare obligatorio en aquel entonces. Ni que hablar de los amigos policías que se portaban comprando un par mínimo para acabar la venta y evitar el descongelamiento pasado las 3 o 4 horas.

El negocio era compacto. Teníamos los insumos: Algunas frutas de la huerta, leche de vaca que mi abuela enviaba y agua en abundancia que poníamos a hervir. Quizá las bolsitas y el azúcar eran nuestro gasto más elevado, asi como el consumo de energía de la refrigeradora, pero teníamos la caja tecnofort donada y la bicicleta monark que aún era de mi hermano el timoneador, para trasladarnos de ida y vuelta. Pero como todo negocio no es perfecto, nunca me recogía en grajo. Aunque eso significaba peligro de asalto de las ventas del día, gracias a la mama Asunta nunca tuve ese infortunio.

La cantidad de venta era entre 80 a 100 marcianos de acuerdo al clima del domingo, en términos monetarios sumaba entre 800 mil a 1´000,000 de INTIS (se imaginan ese monto en mi bolsillo) pero si calculamos al tipo de cambio a la moneda actual sería de 0.01 céntimos por marciano. Tela no?. No diré que era efectivo en la venta, pero si vendía un buen porcentaje, en su mayoría stock cero.

La experiencia fue única. En ese punto de venta, tenía mi junta o grupo de amigos que nos reuníamos como todos los domingos por los meses de vacaciones de aquel año. Juan el vendedor de champas. Torito el policía vigilante. El maestro Canampa vigilante del grifo. Fresia la vendedora de mangos y yo el pequeño extraterrestre que vendía marcianos.

Entre todos mis clientes, curiosamente a partir de las 5 de la tarde una niña se me acercaba religiosamente a comprarme, hecho que generaba bromas y cochineo para el grupo cuando se daba la escena, seguramente por esa combinación de nervioso y feliz que me sentía al verla venir. Yo, siempre le sobraba sus marcianos, si era necesario no los vendía ni me los comía cuando ella no llegaba.

Recuerdo escuchar la palabra crisis, acompañado de paquetazos, que con el tiempo lo relacione con aquella niña que por varios domingos la esperé entusiasmado. El negocio tambien tubo que cerrar, Juan y Fresia me mostraron su historia de amor, y se cantaban mutuamente una canción muy conocida, “Me enamoro de ti” de Ricchi e Poveri, historia que por la crisis los llevó a viajar a un lugar llamado Nueva Cajamarca, hasta me invitaron que viaje con ellos. Pero mi intriga de buscar más allá de aquel peaje de control, empujado por aquellas palabras de despedida de Juan y Fresia, recién empezaba. Continuará…

Un aprendiz de 80 años.

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