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Cuando nos toca partir y dejas un mundo que creías tuyo, de ese territorio que tomaste propio para crear aventuras, hazañas, gloria y desdén. Fueron también momentos construidos que compartieron ella y él donde el esmero de ambos convertía a los días muy especiales, pero sobre todo, momentos que sirvieron para crearse promesas de; jamás te dejaré.
Él; partió muy lejos, a un mundo distinto al de su espacio, complicado, peligroso pero al mismo tiempo llamado lugar de oportunidades. Ella; quedó desolada y triste por el adiós inevitable de su amado. Ella quinceañera, él cumplía 17 años, puede sonar poco esperanzador al ver un mundo muy alejado que separa a dos personas, donde el tiempo es ingrato y contagia de un cáncer terminal, que de no superarlo pasan a convertirse en promesas fugases con el concepto de costumbres.
Él partió un 22 de enero, dejándole el rosario de su madre y un cassette lleno de melodías y mensajes subliminales que se esmeraban en decir cada una; un espérame, un te quiero, un hasta luego, un adiós amor o una simple canción de amor. Pero nada estaba dicho, hasta que la distancia recorrida de aquel día, cada hora y kilometro eran de avance y lejanía, que le golpeaba el pecho letalmente diciendo; Así fue, te perdí para siempre.
A pesar del tiempo, ella seguía camuflada en el pensamiento tan inerte de él, ella se convirtió en el amuleto de cada acto para lograr sus sueños. Las llamadas se hacían cada día más escasas, donde hasta las tarifas caras del uso del teléfono en aquel entonces, contribuían en complicar más, aquel idilio de amor, hecho que conllevó a acelerar la muerte de un sentimiento llamado en su momento amor eterno, que tal vez; no fue tan duradero como el tiempo que dura escuchar la misma canción.
Ella decidió ya no contestar ni el teléfono ni las cartas amarillas, decidió renunciar y disfrutar una vida distinta, ella quiso borrar la tristeza de su rostro, ella simplemente se dejó llevar por el olvido que produce la ausencia. Él quedó con tantas preguntas en la cabeza, con tantas promesas que rendir y con todos los deseos de compartirle al oído, de que ella era el motor y motivo del ritmo de su corazón, donde la impotencia de ir a verla por la cortedad de decir no tengo dinero, hicieron que inconscientemente esas promesas queden en la puerta del olvido.
Pasaron los años, muchos muchos años, para recorrer cada quien su vida y esperar que el tiempo los vuelva a juntar. Tal vez ambos imaginándose esa fotografía de encuentro, donde se plantearían la interrogante de querer saber; si se mirarán?, se hablarán?, se abrazarán?, o simplemente pasarán de largo. El tiempo nunca es ingrato al pasar los años, pues por caridad este planificó el momento de su encuentro. Un 7 de julio después de varios años, en el mismo lugar de siempre con la misma gente, fueron juntados por una esquina y de casualidad, se sonrojaron y sonrieron esforzados al verse mutuamente, él no necesito escuchar nada y menos tener la iniciativa para expresar lo que calló por muchos años, bastó mirarla con la panza abultada para solo hacer la pregunta obligatoria: ¿Cuánto tiempo llevas? Y ella respondió, 5. Aunque ya no vuelva a verte.
Lo demás y el final seguro está, construido por cada quien que lea esto. Pero más aún quien escuche este gran tema del gran Gian Marco.
Un aprendiz de 80 años.